8 de febrero de 2014

Quizá Copenhague




6 am. Demasiado temprano aún. Apenas se ve a lo lejos. Queda un largo viaje por delante.  Sale el primer tren. Vas sentada en el primer vagón. No ves más allá de tu pequeña ventana y la cabina del conductor.
Primera parada; alguien sube y se sienta a tu lado. Es joven y guapo. Huele bien. Por su aspecto diría que no será una compañía incómoda. Aún quedan muchas horas…
El tiempo pasa y disfrutas del viaje por tu ventana. Ese chico guapo que llevas al lado parece disfrutar también. Está sentado cómodo, relajado. A ratos descubres que te observa disimuladamente y te hace sentir bien. Ojala él también vaya hasta el final del trayecto.

En tan sólo una hora has recorrido cientos de Km pero pareciera que aún sigues en el mismo sitio. Los paisajes que vas dejando atrás…no tienes la sensación de que hayan cambiado demasiado:  el mismo color, las mismas tonalidades.
Empiezas a preguntarte si las vistas serán mejor desde otro lado del vagón.
Miras al chico de al lado y dudas si moverte de allí.  Te preguntas qué tipo de personas habrá repartidas por el resto de asientos. No quieres que tu guapo compañero se moleste, pero te levantas decidida y te vas, porque este es tu viaje…

Efectivamente las vistas  ahora son mucho mejor. Aquel asiento libre en medio del vagón te da otra perspectiva.

Pasan las horas y las paradas. Algunos pasajeros suben. El chico guapo ya se bajó. De repente cruzas una intensa mirada con alguien que se quedó en el andén. Lástima; quizá estaba esperando otro tren…

Tu nuevo compañero de asiento empieza a molestar. Lleva un buen rato inquieto.  Parecía un tipo bohemio, tranquilo, centrado en su lectura. Pero de repente sacó unos de esos gigantes auriculares que tapan media cara. Su música te taladra el cerebro y no te deja concentrarte en el camino. 
Es un fastidio, pero lo cierto es que las vistas merecen la pena...
Al cabo de un rato no puedes soportarlo. Pero no ves ningún asiento libre. Así que te recluyes en una esquina al fondo del vagón, desde donde aún puede escucharse  su maldita música.
Desde allí observas a todo el que sube y baja. Te preguntas cómo será la vida de esos pasajeros en cada ciudad que vas dejando atrás.
No lo sé. Ellos tampoco saben cómo es allá donde yo voy. Probablemente ninguno de los que ahora observo vaya hasta el final.
Tengo mi propio destino.  Aún queda lejos. Varias horas de viaje  para seguir observando el paisaje, la gente que sube y baja, para soñar con la vida en cada ciudad que dejo pasar…


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