25 de abril de 2013

De Eros y Tánatos



                                         Luis Caballero


Sólo quiero que me llames princesa.
Que me grites en la tarde tu odio
y al salir el sol susurres que me amas.
Que me hostigues con veneno en cada palabra.
Sólo quiero oír los portazos de tu voz.
Que me dejes. Que te vayas.
Que vagues y no encuentres  camino.
Y cuando vuelvas, de puro odio,
juguemos sucio hasta que se nos pudra el alma.
Sólo quiero el aire frío de tu voz en mi oído.
El calor de tus fustas y puñales en mi espalda.
Tan sólo quiero que me revientes el corazón a patadas.
Y selles los pedazos cada noche en mi cama.
Suplicar que me folles fuerte
hasta que  me desgarres el alma.
Herirnos con la boca húmeda
hasta que hierva la rabia en tu aliento
y el silencio anide en mi paladar de princesa enojada.
Sólo quiero que me llames princesa,
ahora que ya no nos queda nada. 


Una canción que hoy me trajo recuerdos agridulces. Por las despedidas de las buenas amigas.

28 de marzo de 2013

Nude






Una mirada sabia
que me desnuda hasta el alma.
Unos ojos, los míos,
que  con su vida propia ríen y aman,
odian y temen  cuando les viene en gana.
Hablan sin antes preguntar
si es el momento o el lugar.
Contradicen mis palabras
sin que pueda hacer nada. 
El placer del miedo que desata
quien sabe desnudarme bien
el cuerpo y la mirada.

Llevo  días reparando de modo especial en algo tan cotidiano como extraordinario. Mi cerebro está hoy lleno de ojos. De miradas breves pero infinitamente expresivas. De las de fácil traducción.
No pude dejar de pensar en la mirada de ese  viejo tendero cuando esta tarde, una pareja de gays entró en la tienda y comenzaron a probarse maquillajes, coloretes y sombras de ojos.
En la mirada de esa señora  que se cruzó conmigo de camino a la tienda mientras cantaba con sentimiento y en voz involuntariamente alta “…hoy te la meto hasta el mismo corazón…”
En la mirada de ese alguien que desde el brazo, subió sus ojos hasta los míos,  tras un breve contacto físico para darle las gracias por un favor.
En la de ese viejo desconocido, que muerde mi nariz y me pide que le mire a los ojos de cerca mientras me describe como nadie lo apasionante de una mirada. 

Es el infinito lenguaje de los ojos. Los órganos más versátiles de nuestro cuerpo. No es necesario que cambien de color ni forma, ni se muevan un solo centímetro de su sitio, ni emitan ningún sonido para expresar tanto... No les hace falta porque tienen vida propia; la mirada.

Alguien me dijo hace poco que la mirada no engaña. Otro alguien me dijo hace algo más de tiempo, que no me reía con los ojos. No pude evitar unir ambos momentos en el tiempo. Y es que ambos  estaban cargados de razón. Los ojos no solo miran y lloran; también ríen, aman, odian, temen… Emiten sentencias inaudibles pero tan claras como “qué coño hacen estos dos mariconazos…” Hasta las mal llamadas “miradas inexpresivas” tienen su traducción. Y las “miradas perdidas” siempre andan en algún lugar.

Cuando hablamos con cualquiera a diario, no solemos  paramos a pensar en si le estamos mirando mucho o poco, si lo hacemos de forma directa, si es a intervalos o constante… El día que reparas en ello, sé por experiencia que  la conversación más amable y cotidiana puede acabar resultando tensa e interminable. Con suerte, si el contrario está concentrado, aquella conversación puede seguir discurriendo de forma aparentemente natural sin que nunca llegue a saber que mientras él hablaba tú has hecho toda una tesis sobre el tiempo prudente de mirada sostenida, la frecuencia de parpadeo, la intensidad correcta, el número de desvíos de mirada, hacia dónde desviarlas, cuánto tiempo para no parecer desinteresado… 

Siempre me costó mirar a los ojos cuando tomo conciencia de que lo estoy haciendo. Principalmente con aquellos a los que amé. Siento una pueril vergüenza. Algo más hacia dentro supongo que me hace sentir vulnerable. Porque una mirada sabia, te desnuda hasta el alma.



Arriba, la mirada acumulada al final del día. Y abajo, como siempre, el sonido más escuchado hoy. 
 

24 de febrero de 2013

Desintoxicación





" El decir a un fumador en estado continuo de euforia que se está degradando equivale a decirle a un pedazo de mármol que está siendo deteriorado por Miguel Ángel, a un pedazo de tela que está siendo manchado por Rafael, a una hoja de papel que está siendo emborronada por Shakespere o al silencio que está siendo interrumpido por Bach" 
(Opium; Jean Cocteau)


Como de un sueño desperté.
Y al levantar el párpado clavé la pupila en mis pies
hundidos en un lodo denso.
Desperté de un largo sueño,
de un sueño profundo y enfermizo
donde todos los caminos eran rectos,
las montañas planas, los árboles secos.
Desperté blasfemando
por haberme rendido a los brazos de morfeo.
Por haber vivido en su maldito reino de espejos,
donde veo tu vida, la tuya y la mía.
Donde todo se repite.
Donde todo es un reflejo.

Y entonces desperté
Y  toqué mi piel caliente envuelta años en  aislante térmico.
Toqué mi pecho, cogí tu cuello, me ahogué mientras te ahogaba
y huí asfixiada a tocar el universo.
Y al tocar contaminé mi piel estéril con lágrimas y desechos
Me devoró la locura
y me llevé en las manos el olor del moho de antros viejos.
Y me lamí la sangre de heridas en mi inquebrantable cuerpo.

Y entonces desperté.
Y en  medio de mi vigilia me atacaron mil sueños
Desperté y soñé algo afilado  
que me hirió al rozarlo con la punta de los dedos.
Desperté y soñé contigo, punzante,
que te clavas hondo cuando caminas a lo lejos.

Y entonces desperté,
y al abrir los ojos, jodí todos mis sueños.


Para escuchar con los sentidos bien despiertos: